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El balcón árabe

 

Hace apenas unas semanas nadie hubiera imaginado la caída del presidente de Túnez y mucho menos que la chispa de la revolución tunecina pudiera extenderse con virulencia a otros países árabes. El escenario actual parece situarnos a las puertas de una auténtica revolución democrática contra los regímenes autoritarios del mundo árabe. Queda por saber si solo nos encontramos ante un espejismo.

       La muerte del joven vendedor de frutas Mohammed Bouazizi el pasado diciembre constituye una de las claves fundamentales para entender el inicio de la Revolución de los Jazmínes. Bouazizi, frustrado y sin horizontes, se echó encima un bidón de gasolina y se prendió fuego en protesta contra el régimen tunecino. Su inmolación prendía en el país mediterráneo la mecha de los alzamientos populares contra el desempleo y la carestía de la vida y, en especial, contra la aplastante corrupción del clan mafioso de Ben Ali y su camarilla.

 

El desencanto como norma

El Magreb ha sido testigo a lo largo de los últimos años del nacimiento de una nueva generación, que solo ha conocido regímenes despóticos, longevos y corruptos, pero que hace gala a la vez de una mayor amplitud de miras y de unos irrefrenables deseos de libertad. En el crecimiento de este desencanto han jugado un papel crucial las redes sociales , cada vez más populares y extendidas en los países árabes, a pesar de todas las censuras. Sin internet es imposible comprender la explosión y movilización de masas vividas en el último mes en Túnez, Egipto, Argelia, Jordania o Yemen.

       El 68% de los árabes tiene menos de treinta años, muchos de ellos poseen una titulación universitaria, y la gran mayoría no saben lo que les depara el futuro. Ellos han sido los verdaderos artífices de esta revolución, rebelándose contra unos gobiernos en los que la economía es controlada por una reducida élite que favorece y enriquece solo a unos pocos y margina a millones de personas. Si muchos de estos jóvenes han dejado a un lado el miedo a salir a la calle es porque apenas tienen algo que perder. En países donde la libre opinión es pura entelequia, internet ha sido, no solo su ventana al mundo exterior, sino también el más importante o el único medio de expresarse en un entorno represor.

       En las calles se respiran aires de liberación. Muchos señalan que esto no es más que el principio, que ya no hay espacio para la marcha atrás. Estos jóvenes menospreciados e ignorados han conseguido lo que muchos de sus predecesores ni siquiera se atrevieron a soñar, poner contra las cuerdas y acorralar a dirigentes anquilosados en el poder durante décadas.

 

Primavera anticipada

Túnez fue el primero en caer y lo hizo como un castillo de naipes. El pueblo se enfrentaba por primera vez a la corrupción sistemática de una dictadura con ansias de perpetuarse después de 21 años de autoridad. Las altas cifras de paro, de casi un 30% entre los jóvenes, y la crisis económica, desencadenaban unas revueltas contra Ben Ali y su familia que algunos no han dudado en comparar con la Revolución Francesa.

       El éxito del levantamiento de Túnez y que acabó derrocando al gobierno, dio alas a los jóvenes egipcios en contra de Hosni Mubarak, en el gobierno desde 1981. El 24 de enero de 2011 miles de personas en El Cairo y en Suez se lanzaban a las calles condenando los altos precios, el desempleo masivo y la corrupción política. Pedían la caída del régimen de Mubarak, la disolución del parlamento y la formación de un gobierno de unidad nacional.

       Mubarak, a pesar de los continuos disturbios y de unas concentraciones ciudadanas que han superado con creces el millón de personas, se niega por el momento a dimitir pero anuncia ya que no se presentará a la reelección en los comicios previstos para el próximo septiembre, en un intento de aplacar, sin éxito, las iras del pueblo. A pesar del nombramiento del jefe de los servicios de inteligencia de Egipto, el general Omar Suleiman, como nuevo vicepresidente, el país sigue paralizado y con un futuro demasiado borroso.

       El peso de lo sucedido ha sido tal que desde Irán, el ayatolá Alí Jamenei, no ha tardado en pedir a Egipto la instauración de un régimen islámico en el país de los faraones. Los dirigentes iraníes, inquietos en un principio por lo sucedido en Túnez, no disimularon su satisfacción por la caída del régimen egipcio, con el que rompieron relaciones poco después del triunfo de la revolución islámica en 1979, y al que acusan de aliado de Estados Unidos e Israel.

 

¿Peligro de contagio?

En Yemen, uno de los países más pobres del mundo, las manifestaciones forzaban igualmente  a su presidente de los últimos 32 años, Ali Abdalá Saleh, a no presentarse a una próxima reelección así como a renunciar a la futura candidatura de su hijo. En Siria, por su parte, son varias las páginas de internet que llaman desde hace días a la «revolución siria», al calor de los vientos de cambio que soplan en el mundo árabe. El Gobierno del presidente Bachar el Asad no parece sin embargo estar dispuesto a permitir la más mínima de las críticas. La convocatoria, lanzada desde Facebook, una red censurada por las autoridades, invitaba a manifestarse  contra la corrupción y tiranía del gobierno sirio.

       En Jordania el estallido popular que recorre el mundo árabe se cobraba su primera víctima política y así el rey Abdalá II nombraba como nuevo primer ministro a Marouf  al-Bachit, antiguo hombre fuerte del espionaje militar del país. La exigencia de atajar la corrupción y mejorar las condiciones de vida en el reino hachemita se ha convertido en uno de los lemas de los grupos opositores. Aunque las manifestaciones de los últimos días en las distintas ciudades jordanas han transcurrido de forma pacífica y no eran ni mucho menos multitudinarias, no debería olvidarse que tanto Jordania como Egipto comparten fronteras y tratado de paz con Israel. La fragilidad del régimen egipcio hace de la estabilidad de Jordania un punto esencial para la seguridad de la zona a ojos de los países occidentales y, sobre todo, de Israel.

 

 

       Pero estos países no han sido los únicos. Argelia, Libia o Líbano también se han visto sacudidos por protestas menores y ni siquiera Marruecos se ha librado. Para evitar que se recrudezcan aquí los altercados, el régimen de Mohamed VI estudia medidas urgentes para abaratar los alimentos de primera necesidad y una subvención a los hidrocarburos.

 

Era incierta

Ante el rumbo de los acontecimientos la comunidad internacional observa con cautela. Para Israel los hechos son poco menos que una pesadilla. Tras la victoria de Hizbollah en el Líbano, en el poder gracias a una jugada política magistral, el estancamiento de las negociaciones con los palestinos y la intimidación continua que supone Irán, el estado judío ve como su posición estratégica en la región se ve amenazada por varios frentes.

       Si bien en general se contempla con ojos amables unas revueltas valoradas por muchos países como una señal de aperturismo hacia regímenes más democráticos, nadie, y en especial Estados Unidos, pierde de vista el hecho de que abandonar a Mubarak, en el caso de Egipto,  podría tener consecuencias catastróficas sobre la región.

       Con el nuevo escenario se abre una etapa de gran incertidumbre en el mundo árabe, plagada de enormes riesgos pero también con muchas oportunidades.

 


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