Conclusión
El hombre es hombre solo porque puede hacer mentir a su definición, porque
puede ser otro, actuar de otra forma, hacer otra cosa, lo contrario, y así hasta el
infinito; el hombre no se sostiene, como una cosa, en su noción abstracta. No
tenemos más «naturaleza» que este poder estar fuera de toda naturaleza y, en
primer lugar, fuera de la nuestra propia. Ahora bien, es esta posibilidad del
desmentido infligido al concepto lo que es la libre libertad.
- Jankélévitch, ‘Le je-ne-sais-quoi et le presque-rien, t. 3’. La volonté de vouloir
Sería irresponsable, criminal incluso, querer concluir mis rápidas incursiones en la densa y enmarañada espesura de lo que han dado en llamar desatinadamente “el problema negro”. Hablemos más bien de suspensión. Suspensión del discurso, se entiende. ¿Por qué habría que concluir, cuando la historia no ha suspendido su curso caótico, cuando “el problema negro” persiste sólidamente? Digamos de entrada que, si el “problema negro” tiene n dimensiones en la actualidad, históricamente “los negros” no tenían ningún problema con “los otros”, con quienes los “descubrieron”. “Los negros” se volvieron un problema para sus “descubridores” porque, de entrada, estos últimos los vieron como la solución a todos sus problemas materiales. “El problema negro” es ciertamente un problema de “los negros”, pero también y, sobre todo, un problema de los “no negros”; es un problema de los “árabes-bereberes”, un problema de los “blancos” y, por extensión, un problema de toda la humanidad. Esto es de cajón para todos aquellos que tienen la íntima convicción de que africanos, americanos, asiáticos, europeos, australianos, etcétera, son miembros de pleno derecho de la gran familia humana. El “problema negro” no existiría si la unanimidad y la universalidad se hicieran en torno a la mencionada obviedad. “Los negros” no son todos hermanos y hermanas a pesar de la matriz animista, no todos los humanos son hermanos y hermanas a pesar de los dogmas de las religiones universalistas. Mis investigaciones sobre “el problema negro” se desarrollaron precisamente a partir de esta invariante de la historia.
“Los negros” no inventaron ni el judaísmo, ni el cristianismo, ni el islam, ni ninguna religión “universalista”. El África antigua es la tierra de las religiones llamadas “animistas”, abiertas y acogedoras sin ser proselitistas, que predican verdades sin pretender la verdad universal. De ahí la tendencia de los “animistas africanos” a practicar la “hospitalidad africana” (por su cuenta y riesgo), a establecer vínculos de parentesco “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”, como estipula el artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948. Este “humanismo negro”, practicado unidireccionalmente desde los primeros tiempos de los encuentros, chocó inmediatamente con la insaciable sed de lucro y la ferocidad sin precedentes de los primeros llegados, a saber, los misioneros del islam conquistador y triunfal. Nos encontramos en los albores del genocidio más largo de la historia de la humanidad, en el comienzo de su primera fase, la fase exclusivamente oriental-africana.
A lo largo de la primera parte de este libro, he intentado mostrar hasta qué punto Bilad-as-Sudan (la tierra de “los negros”) fue El Dorado de los musulmanes árabes y bereberes procedentes principalmente del norte, pero también de las costas orientales de África. La historia fea comienza hacia el siglo vii, con la oleada cada vez más masiva de soldadescas verdes armadas hasta los dientes y cargadas de mercancías, mujeres y niños a veces, pero siempre de las palabras orales y escritas del Profeta. Luego vino la colonización: la de los espíritus, la de los cuerpos, la de las tierras. Los colonizadores musulmanes tienen una sola ideología: el enriquecimiento inmediato e ilimitado. Tienen una sola estrategia: convencer y vencer. Tienen una sola misión: que el islam triunfe por todos los medios. ¿Y de qué medio se privaría un soldado del Profeta, un enviado de Alá? De ninguno.
En nombre de Alá, los musulmanes árabes, bereberes y moros se entregaron en cuerpo y armas al saqueo sistemático del oro de Ghana y de toda África Occidental, el oro africano del que dependía la economía mundial durante buena parte de la Edad Media. Oro y otras mercancías, pero sobre todo hombres, mujeres y niños. Perseguidos, rastreados, asesinados o capturados, encadenados, torturados y arrastrados por la sabana, la selva y el desierto para terminar su vida en esclavitud, lejísimos de los suyos, “los infieles negros” eran destinados a las plantaciones, los ejércitos, los harenes (como eunucos o amantes) y las tareas domésticas de los reinos, los imperios, los califatos y los sultanatos orientales (el Bagdad abasí de los siglos ix y x, El Cairo fatimí en el siglo ix y El Cairo mameluco de los siglos xiii y xiv, etcétera). Y como ningún ser vivo, animal o humano, se deja capturar sin oponer resistencia, cuesta imaginar el número de “negros” masacrados durante las interminables cacerías de hombres, los pueblos incendiados, las “comunidades negras” desintegradas, las familias destruidas, las sociedades desbaratadas… Igualmente, es imposible medir la magnitud de los crímenes cometidos contra “los negros” en el África negra, en el Magreb y en todo Oriente, de los crímenes cometidos por la humanidad musulmana contra la humanidad no musulmana, “negra y pagana”, en nombre de Alá (la humanidad “blanca y cristiana” tampoco se salva de los siervos de Alá). “Los negros” resisten con todas sus fuerzas, pero no logran evitar ni el recrudecimiento de las capturas, ni la intensificación de las tratas negreras. ¿Fue ineficacia de los sistemas de defensa de las sociedades africanas o superioridad incontestable de los “genocidas” musulmanes? Ambas cosas, sin duda, pero, sobre todo, porque el gusano está en la fruta, y las sociedades negras de Bilad-as-Sudan terminaron implosionando, sin que los europeos tuvieran vela en ese entierro. Por razones confesables e inconfesables, quienes muestran interés en el etnocidio fundacional suelen ignorar el “problema negro”, incluidos los propios “negros”, prestos a culpar a “los blancos” y a Occidente de todos los pecados de Israel.
Del siglo vii al xiv, los misioneros del islam reinaron como amos indiscutibles sobre parte de África, parte de Europa y parte de Asia. Si bien esta hegemonía del mundo islámico empieza a ser impugnada con vigor por Europa, que termina cambiando las tornas en beneficio propio, una parte nada desdeñable de África queda bajo el dominio indiviso de los musulmanes árabes, bereberes, moros y negros. Sí, a partir del siglo xi, los propios “negros” erigirán reinos e imperios musulmanes que perdurarán, desaparecerán y resurgirán de sus cenizas gracias a la economía de la trata negrera. Hasta el siglo xvi, cuando los rivales cristianos de las naciones europeas llegaron al mercado de la “madera de ébano”, los musulmanes de toda índole practicaban la esclavitud y la trata negrera a gran escala, en el marco de la legalidad islámica y con una legitimidad afianzada por las élites guerreras, comerciantes, religiosas, políticas e intelectuales, incluido el famoso “sabio negro” Ahmad Baba de Tombuctú. Los musulmanes fueron los iniciadores del genocidio de “los negros” y los últimos en poner fin tanto a la trata negrera como a la esclavitud, y lo hicieron debido a las presiones de los occidentales.
Estamos en 2006 y la humanidad sabe muy poco de la magnitud de los crímenes contra la humanidad, de los crímenes contra la “humanidad negra” cometidos por las naciones musulmanas de Oriente. Esta ignorancia es tan generalizada que incluso Malcolm X, que no era precisamente lego en lo concerniente al “problema negro”, afirmó con convencimiento en Lagos, Nigeria, el 10 de mayo de 1964:
“El Corán impone al mundo musulmán la obligación de tomar partido por aquellos cuyos derechos humanos son violados, sea cual sea la creencia religiosa de las víctimas. La religión del islam se toma a pecho los derechos de todo el género humano, sin distinción de raza, color o credo. Para ella, todos (y cada uno) son miembros de una única y misma familia, la familia humana” [1].
No cabe duda de que, si la lectura del Corán que hace Malcolm X y su visión del islam se correspondieran con la realidad pasada y presente, hoy solo existiría una religión para toda la humanidad, la del amor. Porque de esto es de lo que habla Malcolm X, y las élites musulmanas (de toda índole) son las primeras que no reconocerán, a la luz de sus conocimientos y de sus prácticas, lo que Malcolm X atribuye al Corán y al islam: la fraternidad islámica no es la fraternidad cristiana, que no es la fraternidad judaica, incluso si todas estas fraternidades son partes integrantes de la familia humana. Pero ¿forma la “fraternidad negra” verdaderamente parte de la gran familia humana?
Esta pregunta y la diversidad de respuestas que han aportado las naciones paganas y cristianas de Occidente me han ocupado a lo largo de la segunda parte de este ensayo. Desde la antigüedad griega (los escritos de Heródoto lo atestiguan), el “problema negro” ha estado omnipresente en un Occidente al que todavía le cuesta ver a la humanidad en otros términos que no sea “blanco” y “no blanco”, “los blancos” y los otros, cuya norma es “los negros”, “lo blanco” y “los blancos”. Al color blanco como referencia absoluta de lo bello, el Bien, lo justo, lo normal, la inocencia, lo inteligente, Dios y todo lo que es positivo según las creencias, Occidente no ha dejado de contraponer radicalmente el negro como el color de la patología, el luto, el Mal, lo anómalo, lo injusto, lo feo, el pecado, el Diablo, etcétera. Los turistas y los viajeros de la civilización occidental han llevado con fervor, han portado con orgullo y arrogancia, este prejuicio maniqueo –antes y después de Mani– por mar, tierra y aire desde la antigüedad griega hasta nuestros días. Al trasladar la pésima prensa de lo “negro” a “los negros”, los occidentales encontraron de una vez por todas los fundamentos ideológicos del racismo “antinegro” incluso antes de que “los negros” tuvieran que enfrentarse a ellos. Así, antes del encuentro entre el “mundo negro” y el “mundo blanco”, “los negros” fueron prejuzgados, juzgados y condenados. Solo quedaba ejecutar la sentencia yendo al encuentro de los condenados, allá donde se encontraran, es decir, en África.
A partir del siglo xvi, los europeos se invitan a la arrebatiña del continente africano. Esta segunda fase del genocidio de “los negros” ya no se sitúa bajo el alto patrocinio de Alá, sino del muy poderoso y celoso Dios de los cristianos, habiendo legitimado la Biblia durante largo tiempo todas las desgracias de los hijos de Cam, con quienes se identifica a “los negros”. Escuchemos qué dice al respecto A. Ducasse, un historiador que, a diferencia de la gran mayoría de los miembros de las cofradías del saber occidental, no va a las instituciones sino a los hechos:
“Una decisión del Consejo de Estado, fechada el 16 de abril de 1670, consagra la esclavitud eximiendo la trata de negros del impuesto del 5%, y expone sus razones: ‘No hay nada que contribuya más al crecimiento de las Colonias y al cultivo de las tierras que el laborioso trabajo de los negros’.
El adjetivo es reconfortante y nos recuerda lo que S. M. C. Felipe ii dijo ciento sesenta años antes. Como en el caso de los españoles, el argumento económico ha matado al argumento religioso; el traficante ha matado al sacerdote. O más bien se lo lleva con él. El capellán acompaña al negrero, aunque tenga que chamuscarse un poco los dedos en las llamas del infierno. Un casuista no teme escribir:
‘La vía más segura para lograr la conversión de los negros es subyugarlos’.
Por otra parte, la opinión pública estima que ‘los negros, al ser idólatras, no tienen derecho a la libertad’.
Así, se les niega la libertad porque no son cristianos, y se les hace esclavos para convertirlos al cristianismo.
En vano, Urbano viii, en 1639, había prohibido ‘el secuestro de negros’. Cuando se trata de beneficios, el cristianismo ya no escucha a Cristo, ni a su vicario, ni la lógica cartesiana.
… El asiento [2] de 1701. En 1701, cuando el nieto de Luis xiv sube al trono de España, es ella [la Compañía] la que recibe el privilegio del ‘assiente’ o del ‘asiento’. El Rey Católico y el Rey Cristianísimo estipulan que, desde el 1 de mayo de 1702 hasta el 1 de mayo de 1712, el monopolio de los negros pertenecerá a dicha Compañía, representada por el señor Du Casse, jefe de escala y gobernador. Detrás de él, los financieros del reino: Samuel Bernard, Crozat, Landais, Maynon; algunos nobles recientes: Le Jongleur, de Vanolles, y un corsario de Dieppe, Doublet.
Por encima de ellos, el rey de Francia, que se reserva una cuarta parte de las acciones. Para su parte del fondo de tres millones de libras debe proporcionar buques de la Armada para el transporte de negros. ¡Luis xiv negrero! Una faceta de la grandeza regia sobre la que los modernos teóricos de la monarquía son tan discretos que nunca la mencionan.
El Rey de España también tiene derecho a una cuarta parte de las acciones. A causa de las necesidades apremiantes de la Corona, la Compañía adelantará a Su Majestad 600000 libras tornesas, de las 4755000 que debe. A cambio, le devolverán los derechos exigibles por 800 negros. Las tripulaciones, como corresponde a su obra pía, serán exclusivamente católicas.
Luis xiv, por su parte, exige 3000 negros al año para las Islas francesas” [3].
A diferencia del genocidio de signo musulmán, el genocidio de signo cristiano no tiene implantación en el interior de África; por consiguiente, no hay más relevos institucionales que los de las propias naciones cristianas. Y es el conjunto de las naciones civilizadas de la cristiandad el que se beneficia del crimen contra la humanidad, con casi todas las élites en primera línea ofreciendo su apoyo a la trata negrera, la esclavitud y el genocidio de “los negros” mediante todo tipo de legitimaciones (jurídicas, políticas, filosóficas, científicas, literarias, económicas…). El Código negro, obra de Luis xiv y de Colbert, es la referencia imprescindible de este “crimen de esencia racista” (R. Badinter) al que Kant y la Ilustración en su conjunto permanecieron indiferentes en el mejor de los casos, dado que Montesquieu, Voltaire, y Locke antes que ellos, se beneficiaron directamente del dinero de la trata negrera.
Del siglo xvi al xix, “los negros” no tuvieron la necesidad de esperar al día del Juicio Final para vivir lo peor: la tierra entera es el infierno, pues son expulsados de la gran familia humana por todas las legislaciones del mundo y asalvajados por sus civilizadores, o mejor dicho “descivilizadores”, orientales y occidentales. Para “los negros” y sus civilizaciones, sus “descivilizadores” solo tienen un discurso, una única práctica: “Os respetaremos cuando seáis como nosotros”. Vale tanto como decir nunca, cuando conocemos el etnocentrismo de unos y otros, vale tanto como decir por siempre jamás cuando conocemos la incapacidad radical de la civilización occidental, impregnada y rezumante de narcisismo, para abrirse, para perder la cabeza en el buen sentido noble de la palabra, para amar al otro. Reinar sobre los otros, oprimirlos con deleite, ser los amos de por vida, tal es la ambición suprema de los occidentales, una ambición que también compartieron los orientales: se llama dominación, se denomina opresión. Y como el filósofo Sartre vio meridianamente, “la opresión es, en el opresor, inseparable del odio que debe sentir hacia el oprimido” [4]. De la mala reputación del negro como color al odio a “los negros” como “hombres de color” solo hay una transferencia, que se hizo desde la Antigüedad y que sigue viva hoy en día. Y los opresores se encomiendan a la misión de arrojar el oprobio sobre los oprimidos y, negándoles cualquier derecho al resentimiento, se apuran a acusarlos de odio. Pero hacer creer a la gente que es posible vivir sin odio cuando se es víctima del odio es tomarla por el pito del sereno. Víctimas de opresores de toda calaña en África y fuera de África, “los negros” han perdido la iniciativa, pero no la capacidad de reacción ni de acción: bajo la amenaza de desaparecer por completo de la faz de la tierra, “los negros” han tenido que pagar un precio por seguir en este mundo.
Sin embargo, cuando uno se sumerge en la caótica historia de la esclavitud y de la trata negrera, todo hace pensar que, a ojos de sus opresores, “los negros” siempre han sido deudores de haber recibido la “civilización” a domicilio (colonización multiforme) y lejos de casa (deportación a campos de concentración en Oriente y Occidente). Tras haber pagado por el crimen de ser “negros” con millones de vidas violadas, robadas y arrebatadas, los supervivientes del genocidio tienen que seguir pagando hoy por el mismo crimen: ¡siguen siendo “negros”! Suficiente para enloquecer a la persona más zen, suficiente para que “los negros” se vuelvan los inquilinos desesperados de la prisión identitaria puesta en escena por Spike Lee en Fiebre salvaje (1991). Al desviar a “los negros” de sus evoluciones normales, los orientales y los occidentales sabían de sobra que los prisioneros de la prisión identitaria van casi siempre por el mal camino: es lo que pasa con el panafricanismo, que en verdad es una fantasía prestada, es lo que pasa con el sueño de la supremacía “negra”, que no es sino el afán de supremacía “blanca”, pero a la inversa. Así es como “los negros” reconocieron y saludaron masivamente los “beneficios” de la colonización; no obstante, ha habido algunas raras personalidades, como Alioune Diop, que dijeron públicamente que
“la colonización, en ningún caso, puede ser favorable a la cultura. Solo puede frustrar a unos y condenar a los otros. Y los pueblos negros sienten que ya han sufrido demasiada esclavitud, racismo y colonialismo” [5].
Aimé Césaire y su Discurso sobre el colonialismo ya habían pasado por las ediciones Présence Africaine un año antes. Hoy, más que nunca, “los negros” se atropellan para ir a la escuela de sus amos y entregarse en cuerpo y alma a “mimetismos nauseabundos” (Fanon), hasta la autodenigración y la autoflagelación, culturalmente hablando. Muchos de ellos aún no han entendido que un vagón no es una locomotora, y que el respeto merecido empieza por el respeto a uno mismo.
Mientras “los negros” no dejen de confundir el hacerse respetar con tener que mostrar respeto, mientras “los negros” no se despojen de la Historia escrita por sus verdugos para apropiarse de su pasado de víctimas del crimen contra la humanidad, de supervivientes de un genocidio, mientras “los negros” sigan haciéndose los débiles mentales con el pretexto de que tienen un color indeleble maldito, mientras “los negros” sigan jugando a ser “niños grandes”, apalancados como receptores de educación, lecciones, dinero y civilización, perdurarán las denegaciones de humanidad que siempre se han cebado con ellos. Seguir guardando silencio sobre el genocidio de signo musulmán mientras que los intelectuales “negros” arabizados y arabizantes son ya innumerables, seguir en la retaguardia de los combates por el reconocimiento (no solo en Francia) de la pareja trata negrera/esclavitud como crimen contra la humanidad cuando los “negros” están presentes en todos los niveles de las instituciones occidentales, andarse con rodeos sobre las reparaciones debidas a “los negros”, incluida la petición de perdón por parte de todas las naciones negreras de Ayer, es perpetuar el crimen contra la humanidad, es negar lo humano en el hombre.
Cada “negro” es libre de verlo todo rojo a lo largo de su existencia o de ponerse manos a la obra para hacer valer su derecho a ver la vida de color de rosa.
Notas:
[1] Malcolm X, Le pouvoir noir, textes politiques (recopilados y presentados por G. Breitman, traducido del inglés por G. Carle, prefacio de C. Julien). Paris: L’Harmattan, 1992, p. 98.
[2] En castellano en el original (n. e.).
[3] A. Ducasse, Les négriers, op. cit., p. 30-32.
[4] J.-P. Sartre, Critique de la raison dialectique, op. cit., p. 740.
[5] A. Diop en el i Congreso de escritores y artistas negros de París, marzo de 1956, citado por Nguyen Van Chien en Les politiques d’unité africaine, tesis, 1973, p. 130.
Este texto pertenece al libro del mismo título que, con traducción de María Enguix, acaba de publicar Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, dentro de su Biblioteca Afroamericana Madrid.