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A diferencia de los orientales (que reservan espacios vacíos en sus casas, cuartos y muebles, previendo lo que habrá de venir); los de este lado del mundo se afanan en exponer todos los tesoritos que hayan reunido en sus vidas.
De esta misma forma el Jardín Vertical del Retiro (que se presentó en este blog como Jardín Translúcido) se fue llenando de macetillas, cuyos tiestos gravitaban entre los caprichos pop de Andy Warhol, y la poesía del alma de una vieja trianera, loquita por sus plantas.
Seis pléyades de vasitos de yogures, flanes, botes de zumo, y hasta algún tapón de detergente, derraman vida vegetal tanto por sus coronas destapadas, como por las frutales etiquetas que los enfajan. El jardín vertical –aunque colgante– se sostiene –para más seguridad– sobre seis botellas de vidrio, rellenadas a medias con tierra sobrante de maceta; los barrotes a la vista demuestran su transparencia.
La botella cerámica de anís de Cazalla sigue dominando el conjunto, con su efigie de Torre del Oro sevillana, desde lo alto de una peana de fundas de compacts-discs, fieramente luminosa.
Clavado en la botella de leche, y camuflado entre las hojas de la pita y de la planta, puede verse al duendecillo de la Navidad (cuando aún portaba cabeza) con su jubón verde lima. A su lado, los dos pícaros desnudos se tornan una versión profana y salada de las Santa Justa y Rufina, que acompañan a la Giralda en el escudo de Sevilla.