Publicidadspot_img
-Publicidad-spot_img
Acordeón¿Qué hacer?España, en la encrucijada. Un espagat demasiado exigente

España, en la encrucijada. Un espagat demasiado exigente

Vivir es una sucesión de encrucijadas, algunas de ellas críticas, y otras más rutinarias (que luego tal vez resulten salvíficas o funestas). En España, es bien sabido, las encrucijadas de orden mundial suelen llegar con un punto de retraso, según se dice, por nuestra condición semiisleña (es decir, semiaislada). Con todo, las encrucijadas llegan. Y sabiendo esto, que llegan, y que lo hacen con retraso, ¿por qué no prepararse de antemano y, al menos, preguntarnos a qué tipo de puentes al futuro nos acercamos irremediablemente?

A grandes rasgos, la encrucijada mundial es conocida por todos: el inminente desmoronamiento de un sistema neoliberal con una sola potencia en la dirección –Estados Unidos– y el lento auge de una constelación multipolar, espumosa (ya ni siquiera líquida), cosmopolita y económicamente híbrida, basada en la colaboración y una política global consensuada. En ese sentido, lo hispano y el Sur global son fuerzas en crecimiento. Y como España se halla con un pie en cada lado de la balanza geopolítica, corre el peligro de partirse en dos por culpa de un espagat demasiado exigente. El mundo anglosajón y protestante, creador e ideólogo de la desfalleciente organización del hombre en la Tierra, con Norteamérica como policía mundial, es consciente de ello. Como lo son la mayoría de los movimientos retrógrados en Europa.

Por eso, por ejemplo, bajo los auspicios del tótem MAGA (al que, como ocurre con todos los mitos, le ha salido su adaptación territorial: mega), se reunieron en Madrid el pasado mes de febrero los representantes de los principales partidos ultra de Europa. No tanto para reflexionar sobre cómo desterrar a los malos españoles como les ocurre a los latinos en suelo norteamericano, sino para ofrecerse en vasallaje al gran Nerón yanqui, con la esperanza de que este los admita en su corte de aduladores. A los aspirantes a dictadores en España no les interesa tanto la ideología como la sensual vara de mando. Pero todo ciudadano español debería ver en la escalofriante actualidad estadounidense un espejo de lo que ocurriría aquí si gobernasen los llamados partidos ultraderechistas: lobos con piel de cordero que, de acceder a los puestos de mando, no tardarían ni un segundo en devorar las entrañas del sistema e instaurar no ya un liberalismo civil, sino una Patriotcracia, esto es, un sistema deportivo por el poder con un solo equipo en competición: los Patriots, mafiosos vendehúmos, incompetentes charlatanes dispuestos a sabotear su propia nave con tal de permanecer en la cabina de mando.

El partido se juega virtualmente –a través de impulsos electromagnéticos, frases huecas y demagogia barata– y se entrenan en fantasías de grandeza y caudillismo, mientras las afueras del estadio se desertifican, pues al “fanatismo climático” del que acusan a las fuerzas “progresistas” –en el fondo, moderadas– le sucede el viejo fanatismo constructor, ya sean presas en parajes protegidos, ya sean resorts imperiales (para esas “gentes del mundo”, como tan alegremente puntualizó el gran capo norteamericano) en paraísos previamente demolidos con bombas a mansalva.

En ese estadio, los espectadores se siguen llamando ciudadanos, pero, como conejos paralizados por las luces de un coche, contemplan atónitos (sin voz) el partido, inmovilizados por la apatía y la indiferencia política, mientras en sus ojos brillan los rayos de las miles de pantallas que organizan ruido y color para aumentar el éxtasis digital, y solo se mueven para satisfacer necesidades biológicas como comer, beber o hacer circular el sistema digestivo (incluso el sexo es una pausa entre like y like). Comentan, critican, se aplauden mutuamente y tienen sueños efímeros que se difuminan en germen cuando un nuevo aliciente, un nuevo estímulo sustituye al anterior. Todo vale con tal de atontar e insensibilizar al espectador (o usuario, si se prefiere), no solo ante la miseria ajena, sino ante la belleza de la existencia, devenida grotesca por la incapacidad de sentir.

Naturalmente, los camicaces instalados en la Casa Blanca solo alcanzarán aquellos objetivos que perjudican a los más débiles (véase si no su fracaso en cuanto a los aranceles, faroles propios de un mal jugador de póquer, que se asusta tan pronto el contrincante dobla la apuesta), e igual que ocurrió con los judíos durante el régimen nazi, solo es menester un grupo que encarne al chivo expiatorio para ocultar la incompetencia de los que mandan. Pues, en rigor, los inmigrantes latinos, en su camino hacia el norte, no hacen sino dejarse llevar por los movimientos subterráneos de la historia (o intrahistoria, que diría Unamuno), y es, por el contrario, la blanca Norteamérica un tronco encallado, la alimaña que se defiende mordiendo para frenar su mestizaje y la expansión también del castellano como lengua en pie de igualdad con la inglesa (no en balde, temiendo un crecimiento incontrolable de hispanohablantes, se ha decretado el inglés como lengua oficial del país).

De ahí que, en España, voceros como Abascal no puedan asociarse plenamente con el ideal trumpista (o lo hagan eufemísticamente), por cuanto intuyen que entran en contradicción con su propio discurso, sobre todo aquel centralista y españolista que aspira a aplanar la diversidad ibérica. En cambio, quienes reconocemos que la colaboración mundial y el cuidado del planeta son la única vía para construir un mundo mejor, ¿no deberíamos luchar para evitar que ese espejo cruce el océano y su imagen termine saliendo de nosotros mismos? Pero ¡ay!, en cierto modo ya despuntan sus primeros reflejos: ¿o no es ese repentino entusiasmo por un ejército europeo –sueño (o pesadilla) común de la intelectualidad oficial, apiñada en sus thinktanks: tanques de pensamiento al vacío, sin oxígeno ni sangre– una primera mancha incómoda en nuestra piel especular? Las empresas de armamento se frotan las manos pensando en los futuros dividendos. Por supuesto, defendámonos de Trump y Putin, reforcemos la fortaleza Europa –Europe first, se empieza a gritar por ahí–, llenemos los cielos de drones, de modo que uno nunca sepa si esa criatura voladora te trae un paquete con un videojuego en su interior, o te espía mientras miras una película en el lavabo, o si directamente apunta sus mísiles a tu cabeza porque eres sospechoso de terrorismo ad futurum (tranquilo, un algoritmo decidirá finalmente la sentencia).

Sí, el espejo empieza a tomar forma; hoy con esa sonrisa jovial y entrenada que dibujan nuestros dirigentes en mesas redondas, bien trajeados, satisfechos con su actuación ante las cámaras, mientras adjudican contratos millonarios a las empresas armamentísticas; mañana con algún nuevo Napoleón que se crea imprescindible y descubra a su disposición un maravilloso arsenal para acallar cualquier disidencia. ¿Dónde habrán quedado Trump y Putin? ¡Qué importa! Triunfante, el paraíso europeo del consumismo nos señalará las devastadas costas norteamericanas, llenas, quizás –tras un curioso bumerán histórico–, de cayucos con emigrantes blancos, desesperados por escapar de un estado fallido y totalitario. Y entonces no podremos quejarnos, pues la encrucijada se habrá convertido en una cruel trifurcación: o bienestar productivista, o criptotiranía capitalista, o satrapía oriental.

¿Y cuál es la alternativa? El ascenso del movimiento trumpista, pisoteador –recuérdese que el verbo “to trump” también quiere decir aplastar, vencer, chafar y engañar– bebe, como en tiempos de entreguerras, de un ánimo cainita en las bases, y de un miedo a perder los privilegios en la cúspide. Allá en U S A, el mundo multipolar se les atraganta, y añoran su papel de hegemón que dictaba a los demás pueblos cómo debían comportarse. La agresividad en política suele ser síntoma de debilidad (basta que el otro conozca tu fuerza para conseguir su colaboración, y esa fuerza casi nunca se activa) y decadencia; por eso, no debemos dejarnos asustar, porque así solo alimentaríamos el miedo, el cual no se dispersa como el gas, sino que tiende a solidificarse, tomando cuerpo y cara. Esa cara es hoy no la del judío, sino la del inmigrante. E igual que en la Alemania nazi el disidente político terminaba en campos de concentración para judíos, el crítico del futuro se unirá a los indocumentados, expulsado de la confortable esfera del capital, en prisiones de jurisdicción internacional (El Salvador), o en campos de concentración como Guantánamo. Insumisos, indeseables, inconformistas, indocumentados serán desterrados.

Por eso, como epicentro o bisagra de una batalla futura –el ascenso del Sur–, conviene levantar la mirada y estudiar ese cruce (¡o cruz!) que se nos viene encima, ese cambio que se anuncia y que unas poderosas y ambiciosas minorías quieren desviar, llevar por el sendero de la tiranía y el militarismo. Avancemos a esa encrucijada no como seres informáticamente dopados y aturdidos, inmersos en estados de ultraconexión, sino ligeros y decididos, sin el peso de bombas en los tobillos, ni dejando un rastro de minas antipersona a nuestro paso. En lugar de redes de idiotización, creemos verdaderas redes de conocimiento. Redes que conecten la ciudad con el campo; redes que conecten a las mujeres con los hombres; redes que conecten a los favorecidos con los desfavorecidos. Y redes, también, que nos conecten con los “enemigos”, para alentarlos a la rebelión contra sus propios tiranos, para que dejen de temernos como nosotros les tememos a ellos. Un mundo conectado no es un mundo digitalizado, sino uno cultivado, lleno de surcos donde plantar las semillas del futuro, semillas de cordialidad y valentía.

Más del autor