El canto de una vértebra de oro, alto, a medianoche.
Vértebra que habla, pájaro de los osarios, mis plantas enloquecidas.
El vientre de un hechicero de boca estrecha, vientre que ríe.
En mi pulmón más bello, un muerto roe, dice no.
Un niño soñador, su cráneo olvidado, sus galas de domingo.
Violetas, cristal abierto en los calveros de sangre fresca.
Enigma de los mapamundis, marea por encima de las tumbas.
Siglos de ceniza volando por encima de la hoguera: el infierno.
La dulzura de un muerto que nos reúne, su piel: el infierno.
La frágil, la tenebrosa, la insatisfecha, la enamorada; el infierno.
Sigue esperando la llegada de la sangre en lo profundo del cielo.
No esperes más, iza la vela de nunca, la de las abejas.
Flota un mar de acero bajo velos de luto, un siglo pasará.
Escribir poemas, espiar al animal de los días festivos.
El pecho nos arde, se ausenta, sin órganos: el infierno.
A la estación, a la alegría, la gran música de las penínsulas.
Nuestro compañero, el antiguo animal, respiración de niño.
Deslumbrado, sus pezuñas de rayo golpean en la puerta del siempre.
Lo sabes, sin órganos, cubiertos con la sal de lo imposible: tórax.
Y ahí está el cielo con su barco negro, sus ciervas desolladas.
Desde ayer, las aves de presa, las brasas, la verdad.
Yo canto sin saber, desfallezco, contemplo el mar.
El ave que levanta el vuelo regresa al puño, al umbral la nube.
La nube en la ventana, como un fucsia que tiembla; el infierno.
El alba nos degüella, cielo de sed, lección de eclipses.
El enemigo tirado en la cuneta entre la hierba doncella y el áspid.
El que habla mejor, el desollado del cielo, la anatomía en el espejo.
Escucho las baterías del amor, el jazz de siempre, la infancia.
Si no es el infierno, es que es el hueso, los vencejos volando.
Yo me consumo, soy la abeja, el vino, soy la tarde.
La tarde bebida y por beber, perdido el demonio, con demora la desesperanza.
Es el mar, sus planetas frágiles, color de insecto.
Es la ciudad, sus mataderos, sus nubes; su oscura yugular.
Los espectros, los ancestros, los lémures, las golondrinas de mar.
Ya ves, el cielo, su canto de hojarasca, de hogueras: el abismo.
En el fondo del espejo otro espejo, vieja adolescencia.
El abismo y tus canciones: tu aliento, el carguero del oeste.
Lujo, miseria, sal invisible que seca los tormentos.
Tras la gaviota triplemente mortal, el lujo de tu talle.
Antes de la muerte, ordenamos los papeles del azur; el arcoíris.
Se desvanece la juventud de los gatos y canta el brezo.
Vendrán los otoños en sus jaulas llameantes.
Se sostendrán los inviernos, centinelas a la puerta de los yacentes.
Los ramos de sangre, las velas desdeñosas, la ternura del fuego.
No, ni la estela de abril ni la ausencia de los reinos.
El olor de ciertas algas, la última vértebra, la del fondo del ojo.
Los océanos después del amor, los océanos antes del amor.
El cielo es un cráneo, el cráneo es un cielo abierto sobre el cielo.
El cielo es un cráneo en el cráneo de los muertos; pero están las hadas.
La muerte es un cielo en el cráneo del que sueña; pero está la nutria.
El cráneo del cielo: pero la que sueña en el sueño del que sueña.
En el hombre, en su vena más gruesa, su enemigo excava.
En los ojos del enemigo veo todas las aves del mar.
Convoca, amor, las velas negras de los hookers de Carna.
Y la constelación de la foca, y los dientes, adagio.
El lujo del cráneo, maquinaciones, óperas, relámpagos.
Lo absoluto del amor, el ave de la abundancia; el infierno.
A la mesa de las mareas sentémonos, con lágrimas en los ojos.
Aquí, bajo el signo del tercer cielo de la melancolía.
El cráneo del cráneo, perdido en la luz, abril del invierno.
Como bebida fresca, empinemos el codo de los muertos entre las sábanas.
La voz de las piedras vivas, de los viejos insectos encerrados.
Tu veneno por beber, cielo mío, por beber en tu cráneo, hermosa mía.
Los pájaros negros del mañana, de la dicha, del eclipse.
Una sombra roja, en el cadáver sueña una piedra, el vado.
La dicha, en jirones, visiones de polen sobre el mar.
El fotógrafo ciego: abiertas galerías, animal obligatorio.
Como la sombra que tiembla bajo el árbol de un huerto, y el espanto.
A lo lejos, allá donde los niños, sus vértigos, barcas de antaño.
El recorrido de una liebre en el mapa: arde la liebre, arde el mundo.
Volvamos a las noches del helecho, a sus maneras eternas.
La bandera negra del tiempo sobre la sombra de los amantes; el miedo.
El miedo, el granito y sus príncipes, juventud del vagabundo.
Vivíamos entonces en las ciudades por donde pasan los ríos.
Bajo los puentes de Lyon, la barcaza de los muertos, qué hastío.
Huesecillo que cruje entre los dientes del amor, en sordina.
Vestigios del día, bulevares del crimen, hacia el olvido.
Me asomo a medias al cielo, que todo lo niega, y olvido.
El olvido de las chiquillas, de los chicos, piel del mundo, el olvido.
Jean-Yves Bériou (Jeumont, 1948)
A caballo entre Francia y España, tiene su casa desde hace años en Barcelona. Con una larga trayectoria en el campo de las editoriales independientes y las revistas, entre sus libros de poemas destacan Le château périlleux y el más reciente L’emportement des choses (2010), al que pertenecen los poemas aquí recogidos. Traductor del castellano, en colaboración con Martine Joulia, ha publicado en francés a poetas como Antonio Gamoneda (incluyendo una rigurosa versión del Libro de los venenos), Olvido García Valdés, Ildefonso Rodríguez o Miguel Suárez; traductor también del gaélico, a él se debe la versión al francés de un célebre texto medieval, Lamentaciones de la anciana de Beare.
Miguel Casado (Valladolid, 1954)
Es autor de una amplia obra poética, crítica y de traducción. Como poeta ha publicado Inventario (Premio Hiperión, 1987), Falso movimiento, La mujer automática y Tienda de fieltro. Su escritura crítica se recoge en volúmenes de ensayo como Del caminar sobre hielo, La poesía como pensamiento, Los artículos de la polémica y otros textos sobre poesía o Deseo de realidad; recientemente han aparecido El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda y una selección de sus textos más significativos, La experiencia de lo extranjero. Sus últimas traducciones publicadas son La soñadora materia, de Francis Ponge, y la Obra poética, de Arthur Rimbaud.
Le chant d’une vertèbre d’or, à haute voix, à la minuit.
La vertèbre qui parle, l’oiseau des charniers, mes plantes affolées.
Le ventre d’un sorcier à la petite bouche, le ventre qui rit.
Dans mon plus beau poumon, un mort qui ronge, qui dit non.
Un gamin rêveur, son crâne oublié, ses dentelles du dimanche.
Les violettes, la vitre ouverte sur les clairières de sang frais.
L’énigme des mappemondes, le premier cénotaphe,
Les siècles de la cendre, à voler sur le bûcher : l’enfer.
La douceur d’un mort qui nous ressemble, sa peau : l’enfer.
La fragile, la ténébreuse, la mécontente, l’amoureuse ; l’enfer.
Attend la venue du sang, encore, dans le profond du ciel.
N’attend plus, hisse la voile de jamais, celle des abeilles.
Flotte une mer d’acier sous des voiles de deuil, un siècle passera.
Ecrire des poèmes, épier l’animal des jours de fête.
La poitrine nous brûle, elle s’absente, sans organes : l’enfer.
Vers la gare, vers la joie, la grande musique des presqu’îles.
Notre camarade, l’ancien animal, le souffle d’un enfant.
Ebloui, ses sabots de foudre cogne à la porte du toujours.
Tu le sais, sans organes, couvertes du sel de l’impossible : nos thorax.
Et voici le ciel avec son bateau noir, ses biches écorchées.
Depuis hier, les oiseaux de proie, les braises, la vérité.
Je chante sans savoir, je défaille, je contemple la mer.
L’oiseau qui prend l’essor retourne sur le point, le nuage sur le seuil.
A la fenêtre le nuage, comme un fuschia qui tremble ; l’enfer.
L’aube nous égorge, un ciel de soif, une leçon d’éclipses.
L’ennemi abandonné dans le fossé aux pervenches, aux aspics.
Qui dit mieux, l’écorché du ciel, au miroir l’anatomie.
J’entends les caisses claires de l’amour, le jazz de toujours, l’enfance.
Si ce n’est pas l’enfer, c’est donc l’os, le vol des martinets.
Je me consume, je suis l’abeille, je suis le vin, je suis le soir.
Le soir bu et à boire, perdu le démon, en retard le désespoir.
C’est la mer, ses planètes fragiles, la couleur d’un insecte.
C’est la ville, ses abattoirs, ses nuées ; son obscure jugulaire.
Les spectres, les ancêtres, les lémurs, les sternes voyageurs.
Tu vois, le ciel, sa chanson de feuillage, de bûchers : l’abîme.
Au fond du miroir, l’autre miroir, la vieille adolescence.
L’abîme, et tes chansons : ton haleine, le cargo de l’ouest.
Le luxe, la misère, le sel invisible qui sèche les tourments.
Après la mouette triplement mortelle, le luxe de tes reins.
Avant la mort, nous rangeons les papiers de l’azur ; l’arc en ciel.
S’évanouit la jeunesse des chats et chante la bruyère.
Les automnes viendront, dans leurs cages en flammes.
Se tiendront les hivers, sentinelles aux portes des gisants.
Les rameaux de sang, les voiles dédaigneuses, la tendresse du feu.
Non, ni la stèle de l’avril ni l’absence des royaumes.
L’odeur de quelques algues, l’ultime vertèbre, celle du fond de l’œil.
Les océans après l’amour, les océans avant l’amour.
Le ciel est un crâne, le crâne est un ciel ouvert sur le ciel.
Le ciel est un crâne dans le crâne des crânes ; mais les fées.
La mort est un ciel dans le crâne du rêveur ; mais la loutre.
Le crâne du ciel : mais la rêveuse dans le rêve du rêveur.
Dans l’homme, dans sa plus grosse veine, son ennemi qui creuse.
Dans les yeux de l’ennemi, je vois tous les oiseaux de mer.
Convoque, mon amour, les voiles noires des hookers de Carna.
Et la constellation du phoque, et les dents, et
Le luxe du crâne, machinations, opéras, éclairs.
L’absolu de l’amour, l’oiseau de l’abondance ; l’enfer.
A la table des marées, asseyons-nous, les yeux en larmes.
Ici, sous le signe du troisième ciel de la mélancolie.
Le crâne du crâne, perdu dans la lumière, l’avril de l’hiver.
Pour boire frais, levons le coude des morts entre les draps.
La voix des pierres vives, des vieux insectes prisonniers.
A boire ton venin, mon ciel, à boire dans ton crâne, ma belle.
Les oiseaux noirs du lendemain, du bonheur, de l’éclipse.
Une ombre rouge, dans le cadavre rêve une pierre, le gué.
Le bonheur, ses lambeaux, ses visions de pollen sur la mer.
Le photographe aveugle : les galeries béantes, l’animal obligatoire.
Comme l’ombrage tremblant sous l’arbre d’un verger, et l’effroi.
Au loin, là où les enfants, leurs vertiges, les barques d’autrefois.
Sur la carte, le tracé d’un lièvre : brûle le lièvre, brûle le monde.
Revenons aux nuits de la fougère, à ses manières éternelles.
Le drapeau noir du temps sur l’ombre des amants ; la peur.
La peur, le granit et ses princes, la jeunesse du rôdeur.
Nous vivions alors dans les villes où circulent les fleuves.
Sous les pont de Lyon, la péniche des morts, quel ennui.
Un petit os qui craque sous les dents de l’amour, en douce.
Les vestiges du jour, les boulevards du crime, vers l’oubli.
Je me penche à demi sur le ciel qui nie tout, j’oublie.
L’oubli des fillettes, des garçons, la peau du monde, l’oubli.