Esta chumbera enhiesta, vecina del jardín vertical del Retiro, nos recuerda que en la Huerta un día hubo estatuas. Las pencas verde óxido dialogan por el torno de los balaustres rojo inglés, con las tejas tierra tostada del edificio de en frente.
Prodúcese un fenómeno óptico singular a través del viejo marco dorado en el que se cuelan las pencas pintando su propio cuadro. El siempre vivo campo de líquenes que se extiende al fondo, aparece brumoso y velado, obra de un sumo hacedor que pinta y dibuja sin usar pinceles ni difuminos.
El aparente vidrio –tras el que todo se diluye– es en realidad uno de esos falsos cristales llamados mates, que impiden cualquier reflejo sobre sus superficies. El hecho de ser parientes más del metacrilato que del vidrio, les impiden la total transparencia, a no ser que estén directamente en contacto con el dibujo o el cuadro.
Los mejores enmarcadores que Faba ha tratado coinciden en renegar de este soporte bastardo, alegando –entre otras razones– que fulminan el misterio del arte, impidiendo a sus contempladores entrar en el cuadro a través de sus propios reflejos.
Paradójicamente, en esta imagen podría pensarse que se produce el efecto contrario; sólo por ser cristal mate semiopaco, se desenfoca el paisaje, aportando un imprevisible desconcierto en a este retrato; las pencas de la chumbera salieron ganando.