Las fotos con pañoleta de Kateryna Sujomlínova, tomadas a finales de febrero, recuerdan a las instantáneas de la Segunda Guerra Mundial. Parecen fotos viejas restauradas. Los supervivientes destacan el cambio estético de los vecinos de Mariúpol.
Los hombres que la semana anterior iban al trabajo recién afeitados, consultando su teléfono de última generación y cerrando planes de fin de semana en los nuevos restaurantes del centro, vestían ahora prendas tiznadas por el humo de las hogueras que encendían por las noches para cocinar en los portales de sus casas. Tenían los ojos hundidos y la barba arreciaba en sus mejillas. Las mujeres se cubrían el pelo con bufandas y mantones y tomaban el mando de los refugios. Se habían convertido en sus bisabuelas.
Al principio teníamos dos coches: el mío y un minibús de la Orden de Malta, dice Sujomlínova. Empezamos evacuando a los más vulnerables, ancianos, minusválidos y habitantes de las viviendas que se habían quedado sin ventanas por las explosiones. Hacía muchísimo frío. Algunas personas estaban en estado de shock y se quedaban a la intemperie, sin la ropa adecuada, así que las arropábamos y nos las llevábamos a los refugios y a los hospitales.
Como suele suceder en momentos de incertidumbre, el acceso a la información era una seña de estatus. Los mariupolenses manejaban hipótesis a cada cual más original y sofisticada. Mencionaban una fuente confidencial y se hacía el silencio. De repente, gozaban de la atención del vecino. Todo el mundo especulaba sobre la correlación de fuerzas y las listas de objetivos militares. Entre rumor y rumor pasaba el tiempo y los últimos trenes que salieron de Mariúpol lo hicieron semivacíos. Muchas personas se acomodaron primero en el cuarto de baño, subiendo a las redes sociales la foto de la bañera con un saco de dormir y un libro para distraerse mientras duraba la tormenta. Luego se mudaron a los pasillos interiores de sus bloques de viviendas. Después bajaron a los sótanos.
La mayoría estaban en pésimas condiciones. Miles de personas no supieron a cuál acudir y acabaron hacinadas, todas de pie, en unos pocos sótanos. Lugares húmedos y estrechos con manchas de óxido creciendo junto a las tuberías expuestas en las paredes de pintura descascarillada. Los vecinos se arremolinaban junto a una vela, se entretenían contando las esquirlas de los ventanucos reventados por las explosiones, repartían sus escasos víveres y confeccionaban mentalmente un mapa del campo de batalla con los sonidos que captaban a su alrededor.
El resto de Ucrania también estaba siendo atacado.
Las Fuerzas Armadas rusas avanzaban en varias direcciones distintas, desde Bielorrusia en el norte, desde Crimea en el sur y por Járkiv y el Donbás en el este.
Cada uno de estos frentes evolucionaba a su manera.
Los invasores que habían entrado por el sur recorrieron cuatrocientos kilómetros en tres días. Las ciudades de Jersón, Melitópol y Berdiansk sucumbieron sin apenas resistencia. En Jersón fueron los responsables locales del servicio secreto ucraniano quienes dieron la bienvenida a los rusos, confirmando la eficacia de algunas de las operaciones de infiltración enemigas previas a la invasión.
En el este, donde estaban las mejores defensas y la mayor concentración de efectivos ucranianos, hubo un choque estruendoso. Una cadena de batallas a lo largo de cientos de kilómetros de llanuras jalonadas por localidades industriales venidas a menos, nudos ferroviarios, minas de carbón y de sal y pequeños ríos que costaba mucho cruzar y defender.
La membrana de templanza, conformismo, orgullo y fatiga que envolvía las mentes ucranianas se rompió de golpe en la madrugada del 24 de febrero, cuando los rugidos y destellos de las bombas rusas elevaron la guerra del Donbás a una fase mucho más destructiva. Decenas de miles de vehículos atascaron las carreteras ucranianas camino de Polonia. Los hombres menores de sesenta años, que no podían abandonar el país debido a la recién decretada Ley Marcial, se despedían de sus mujeres y sus hijos en las estaciones de tren sin saber si los volverían a ver.
Las flechas rojas que representaban a las tropas invasoras en los mapas explicativos de los medios de comunicación daban la imagen de una agresión total, irresistible. Un avasallamiento de Ucrania.
Pero se trataba de una imagen engañosa.
Rusia había entrado en Ucrania con aproximadamente ciento ochenta mil soldados, una cantidad insuficiente para doblegar y ocupar aunque fuera una porción del segundo país más grande de Europa.
Dados estos números exiguos, que habían hecho dudar a algunos expertos militares sobre los verdaderos planes de Rusia, y la ausencia de una campaña previa de bombardeos intensivos que degradara durante semanas las infraestructuras ucranianas; dada la escasa preparación de los oficiales rusos, que pocas horas antes de atacar aún pensaban que estaban de maniobras, y la carencia de víveres y suministros para sostener una ofensiva larga, parece que Vladímir Putin y los escasos colaboradores que planificaron las operaciones habían pensado que bastaría con intimidar a los ucranianos; que los invadidos mirarían por las ventanas con una mezcla de curiosidad y temor a las brigadas de paracaidistas rusos que aparecerían en los cielos, con sus tradicionales camisetas de franjas blanquiazules, para posarse en los adoquines del centro de Kyiv y restaurar el orden y la hermandad eslava; que los teléfonos de la cadena de mando ucraniana sonarían en el vacío, o no sonarían en absoluto, y que los líderes políticos ya habrían hecho las maletas para exiliarse en Europa o en Estados Unidos.
El fracaso de una operación que en teoría se zanjaría con rapidez y la incapacidad de los rusos para captar el espíritu de los ucranianos se hizo patente, sobre todo, en el eje de ataque del norte.
El comediante metido a presidente que Putin había subestimado, Volodímir Zelenskyi, se quedó donde estaba, rechazando las ofertas de los aliados que le recomendaban escapar al oeste del país o a alguna capital extranjera para dirigir desde allí la defensa de Ucrania.
Los rusos que atacaron por el norte chocaron con la determinación de la capital, Kyiv, donde las fuerzas ucranianas eliminaban en las calles a los comandos de asesinos rusos y donde el largo convoy atacante se quedó encallado en la carretera que venía de la boscosa frontera de Bielorrusia. Los ucranianos les habían permitido llegar a la periferia kievita, confiarse y estirar las líneas de suministro. Luego los bloquearon y los diezmaron con los misiles portátiles antitanque Javelin, guiados por rayos infrarrojos y fabricados por la corporación norteamericana Lockheed Martin.
Pero todas estas noticias dejaron de llegar a Mariúpol al cabo de una semana del comienzo de la invasión. Los habitantes de la ciudad se habían quedado sin agua, sin luz, sin internet y sin conexión telefónica. Nadie sabía nada sobre el transcurso de la guerra. Si Kyiv se había rendido y Zelenskyi había sido asesinado. Si los soldados rusos tomaban té en el muelle de Odesa. Si Putin había caído en un golpe de Estado y los invasores volvían a casa corriendo por los barrizales. Ni siquiera sabían qué pasaba en los otros barrios de Mariúpol ni quién estaba al mando de la defensa o de las evacuaciones de civiles.
La Administración no estaba preparada, dice Sujomlínova. No había información. No había altavoces por los que dirigirse a la gente. Nadie dijo a los ciudadanos lo que tenían que hacer. El alcalde Bóichenko se marchó de la ciudad la noche del 26 de febrero. Mientras hubo señal de televisión él siguió haciendo sus vídeos, en los que llamaba a mantener la calma, y después también, por Telegram. Durante varios días no supimos si seguía o no en Mariúpol.
Bóichenko alega que el gobernador de Donetsk, Pavló Kyrylenko, le había pedido que saliera de Mariúpol para no ser capturado por los grupos de saboteadores rusos que podían obligarlo a colaborar. El servicio secreto ucraniano le habría confirmado esta información. Las primeras dos noches durmió en un lugar seguro de las afueras. La madrugada del día 27 escapó a Zaporiyia, la ciudad con la presa más grande de Ucrania y el principal centro de acogida para los desplazados de las regiones del sur y del sureste.
Claro que hubo traidores en la Administración, continúa Sujomlínova. Miembros del partido prorruso Bloque de Oposición y gente del equipo del propio Bóichenko, como el que fuera director económico del Consejo Municipal, Yevgueni Bodáguin, trabajaron con los ocupantes.
Una evidencia temprana de dicha colaboración fue la rapidez con que los rusos eliminaron los servicios municipales de la ciudad, que tenía cuatro fuentes distintas de energía eléctrica. Las cuatro fueron neutralizadas en una semana, igual que el resto de los servicios.
Contraviniendo las recomendaciones básicas para resistir un asedio, el Ayuntamiento ordenó almacenar los víveres en un mismo lugar. Los rusos bombardearon rápidamente el almacén y agravaron la escasez de comida. Según el alcalde Bóichenko, alguien de dentro tuvo que pasar la información a los rusos y ayudarles a ajustar el disparo de artillería.
Los invasores aprovechaban el vacío informativo.
Aplicaban presión psicológica, dice Sujomlínova. Decían que la capital y las grandes ciudades de Ucrania se habían rendido. Diseminaban rumores de que los pueblos vecinos de Mariúpol, que habían sido ocupados, ya gozaban de gas y de luz y les iba fenomenal. También azuzaban el trauma del hundimiento soviético. Prometían las inversiones que se habían perdido tras el final de la URSS. Decían que ese dinero volvería a Mariúpol. Otra cosa que hacían era dar pan de molde a las madres que ya no podían amamantar a sus bebés por el estrés o por la falta de calorías, a cambio de que estas grabasen un vídeo diciendo que los rusos habían venido a salvarlas.
Sujomlínova trataba de contrarrestar la guerra psicológica pasando información entre los puestos de control ucranianos, los hospitales que seguían activos y el centro social de Halabuda, donde también se imprimían octavillas que después de leerse tenían que ser destruidas.
Recibía información, porque me movía por la ciudad, dice Sujomlínova. Cuando me acercaba a los puestos de control ucranianos, ponía los símbolos nacionales en el coche. Cuando me acercaba a las posiciones rusas, que avanzaban por el distrito de Orilla Izquierda, los quitaba.
Los compañeros de refugio de la poeta Oksana Stómina se agarraban a cualquier detalle que llegara a sus oídos. Faltaba comida y faltaba agua, que sacaban del radiador o rascando la nieve de las aceras y fundiéndola en cubos, pero lo que realmente codiciaban era información sobre el desempeño bélico.
En Halabuda había voluntarios de diferentes barrios de la ciudad, dice Stómina. Cada uno compartía lo que sabía: qué zonas se habían bombardeado, dónde estaban los heridos, etcétera. Por la noche yo transmitía estas noticias en el refugio. Siempre se tenía la esperanza de que llegaran ayudas para el ejército ucraniano, de que llegaran armas con las que responder a los aviones rusos.
Dice Stómina que las personas del refugio establecieron una fuerte relación de solidaridad. Nos ayudábamos los unos a los otros, dice la poeta. Y los niños maduraron de golpe. No lloraban, no protestaban. Ayudaban a los adultos. Nos consolaban. Eran nuestros ángeles de la guarda. Cuando salía del refugio me hacían la señal de la cruz para que estuviera protegida.
Diez o doce días después del comienzo del ataque, cuando llevábamos una semana sin agua, ni luz, ni gas, aparecieron el hambre y la deshidratación, dice Kateryna Sujomlínova. Los jóvenes podían valerse por sí mismos, pero las personas mayores y los enfermos crónicos de diabetes o del corazón empezaron a fallecer. En algunos refugios no quedaba espacio. El olor a sudor y a sangre era nauseabundo. Algunos sótanos tenían cadáveres tendidos junto a la puerta. Sus moradores no podían salir debido a los francotiradores apostados en las ventanas.
El paramédico y estudiante de medicina Serguiy Chornobrívets, cuyo apellido tiene el doble significado de “cejas negras” y “flor de caléndula”, continuó recogiendo enfermos con la ambulancia en medio del caos. Dice que una parte del personal del Hospital Regional de Mariúpol se fue a Rusia y otra se refugió en los sótanos. La mayoría de quienes se presentaron a trabajar el día del ataque eran estudiantes como él. Una de sus primeras tareas fue recoger a una mujer embarazada en una clínica de enfermedades fetales y llevarla a un hospital de maternidad.
Cuando llegué a la clínica vi que no me esperaba una mujer, sino ocho, dice Chornobrívets. Todas ellas en estado muy avanzado, hasta de cuarenta semanas. Estaban estresadas por la guerra y porque los maridos de algunas de ellas servían en las Fuerzas Armadas. Durante el largo trayecto, ya que la clínica estaba casi a las afueras de Mariúpol, vi los sistemas de misiles Grad atacando las posiciones ucranianas. Fue muy angustioso. Quería evacuarlas, pero no quería que se pusieran a dar a luz en la ambulancia, así que les dije: Bueno, chicas, por favor no deis a luz. Esperad a que lleguemos al hospital. La macabra ironía es que, pocos días después, el hospital de maternidad al que las llevé fue bombardeado.
El único equipo internacional de periodistas que permaneció en Mariúpol, formado por Mstyslav Chernov, Yevgueni Maloletka y Vasilisa Stepanenko, de la agencia Associated Press, documentó el ataque sobre el pabellón donde se encontraban las madres recientes o incipientes: el cráter gigante como una gran boca de fango y raíces. Una foto de Maloletka muestra cómo dos paramédicos sacan en camilla a una de estas mujeres, sobre una sábana con el dibujo de una rodaja de sandía, la cara blanca y magullada y la mano izquierda en la ingle. De fondo, el esqueleto chamuscado del hospital y millares de cascotes revueltos con las flacas ramas de los árboles triturados. La instantánea se hizo viral. Poco después esta mujer, que tenía la pelvis destrozada y la cadera desprendida, perdió a su bebé, que ya estaba muerto cuando lo sacaron por cesárea. Luego murió ella.
El documental que rodaría Chernov con el metraje de los veinte días que estuvo en Mariúpol, guardado en tarjetas de memoria escondidas en tampones durante la milagrosa evacuación, recoge el incesante goteo de heridos que atravesaron aquellos días las puertas del Hospital Regional. Niños de cuatro años con las zapatillas ensangrentadas, sus cuerpecitos inertes saltando con las convulsiones de las descargas eléctricas. Un padre que abraza el cadáver sin piernas de su hijo adolescente, alcanzado por la artillería rusa mientras jugaba al fútbol con sus amigos. Médicos exhaustos que se enjugan las lágrimas. En un momento dado la cámara de Chernov visita los sótanos del hospital, donde se dejan los cadáveres que ya no caben en la morgue.
Después de eso ya no volvimos a nuestras casas, continúa Chornobrívets. Descansábamos en la estación ambulatoria, en un cuarto enano de unos seis metros cuadrados en el que a veces nos hacinábamos hasta diez personas.
No todos éramos amigos, pero nos apretujábamos unos contra otros para tratar de conservar un poco de calor. Hacía un frío de la hostia. Tanto frío que ni siquiera con toda la ropa puesta podíamos quedarnos dormidos. Hacía tanto frío que los riñones dejaban de funcionar bien y teníamos que levantarnos a mear continuamente. Una auténtica jodienda.
La escasez crecía y los rusos avanzaban. Los barrios que al principio estaban en silencio empezaron a percibir las columnas de humo en el horizonte, luego el tableteo de las ametralladoras y el estruendo de los sistemas de artillería, los fogonazos cegadores y los hongos de humo seguidos por el ruido retardado de las explosiones y las lluvias de cascotes. Las lunas de los coches y las ventanas de las viviendas alfombraban las calles en millones de esquirlas. Los aviones no tardaron en arrojar sus bombas de media tonelada por toda la ciudad, partiendo la arquitectura soviética como si fuera de barquillo.
Los bombardeos eran tan intensos que ya no se podían celebrar entierros y, de todas formas, los rusos habían ocupado el cementerio de la ciudad, obligando a dejar los cuerpos en el frío de las calles, envueltos en alfombras, cubiertos por mantas sujetas con piedras en las esquinas o precipitados a fosas comunes improvisadas.
Un hombre que estaba con nosotros en el refugio no podía enterrar a su madre, así que la dejó en una caseta al lado de su casa, dice Oksana Stómina. El cadáver estuvo allí siete días. No podía enterrarla. Los perros callejeros venían y se comían el cuerpo. Al final ya casi no tenía cabeza.
Yendo casa por casa, le pedía a las personas que se mantuvieran unidas, que cocinaran juntas, que crearan sus propios rituales, dice Kateryna Sujomlínova. Les decía que, si había una pausa en los bombardeos, buscaran un lugar para dejar a los muertos. Y que lo documentasen: que apuntasen el número del carné de identidad, si tenían; la causa de la muerte, si había sido por hambre o por enfermedad o por la guerra; las fechas. Cualquier cosa que dejara constancia.
Como ya no había conexión telefónica, Serguiy Chornobrívets y el conductor de la ambulancia trabajaban a la antigua. Nos movíamos por el boca a boca, dice el paramédico. O alguien venía corriendo hacia nosotros para pedirnos ayuda o seguíamos las columnas de humo y el ruido de las explosiones. Dado que la mayoría de los cuarteles de servicios de emergencia habían sido dañados, los bomberos no podían trabajar y nos tocaba a nosotros ejercer las tareas de rescate. Un día nos paró una mujer que necesitaba ayuda. Su casa había sido bombardeada y su marido estaba atrapado entre los escombros. Nos pidió ayuda y yo la verdad es que no pude negarme.
Lo que había pasado, continúa Chornobrívets, es que su marido había oído el silbido del misil y había salido corriendo escaleras abajo para llegar al sótano, pero a medio camino impactó la bomba y el señor se quedó atascado con los escombros llegándole por la cintura. Así que solo podíamos ver la mitad superior de su cuerpo. Y luego, sobre su cabeza, había dos losas de cemento encajadas que en cualquier momento podían caerle encima.
Cuando llegué al edificio me recibieron como si fuera un experto en labores de emergencia y supiera exactamente qué hacer, pero lo cierto es que no tenía ni puta idea, continúa Chornobrívets. La mujer me preguntaba si lo salvaría y el marido tenía los ojos llenos de esperanza. Así que empecé a reclutar a cada uno de los hombres que estaban a mano, incluido un borracho que andaba por allí, para retirar los escombros y mover con unas cuerdas las losas de cemento. El rescate duró siete horas porque, entre otras cosas, cada diez minutos o así caía un misil y teníamos que ponernos a cubierto. Lo más increíble es que el hombre ni siquiera estaba herido.
Dice Chornobrívets que los rusos apuntaban a los hospitales, los centros de emergencia y los lugares donde se reunía la gente para recibir víveres o esperar a que se abriera, según los rumores, el corredor humanitario que supuestamente sacaría a los civiles de la ciudad.
El distrito de Kírov fue bombardeado justo en el lugar en el que se reunía la gente para recibir agua, dice Chornobrívets. Un misil Tochka-U. Muchos heridos. Nosotros estábamos en la estación ambulatoria cuando vimos aparecer un camión de la empresa municipal de agua. Nos alegramos mucho, porque pensamos que nos habían traído un poco de suministro, así que de puta madre. Pero vimos a un tipo bajar del camión y decir: puta mierda. Luego abre la parte de atrás y dice: salvadlos. Nos habían traído una pila de gente herida. Creo que eran ocho personas. Había gente joven y gente mayor, con extremidades partidas, hemorragias internas. Había de todo. Unos gritaban y otros sollozaban. Fue un momento muy intenso para mí. Cada vez que lo recuerdo me entran escalofríos. Una pila de heridos, unos encima de otros. Nos quedamos estupefactos. Luego alguien dijo, venga, a trabajar, y empezamos a retirarlos del camión.
Oksana Stómina dice que todas las tardes en esos días de primeros de marzo, cuando volvía al refugio al anochecer, pasaba por delante de un portal en el que un grupo de mujeres cocinaba en torno a una hoguera junto a sus niños. Una noche ya no estaban. Un misil les había caído justo al lado. Trece muertos, según Stómina.
Cada día era un juego con la muerte, dice Konstantín Kartsev. Lo más peligroso eran los aviones. Mucho más peligrosos que los misiles Grad que padecimos en 2015.
Las bombas de los aviones hacían cráteres de seis metros en la tierra. Podían destrozar completamente un edificio. Kartsev y su familia se habían mudado al piso de la cuñada, donde se refugiaban siete personas que despedían nubecitas de vaho al respirar. Kartsev y otros hombres del edificio se encargaban de salir a buscar agua en los pozos y leña para encender las hogueras.
Las mujeres y los niños nunca salían de casa, dice Kartsev.
No queríamos que los pequeños viesen en qué estado se encontraba la ciudad. Una de las veces que salí con los otros hombres a cocinar, me quedé rezagado. En ese momento hubo un ataque y traté de refugiarme debajo de la marmita que llevaba conmigo. Los hombres, que habían llegado al lugar donde encendíamos las hogueras, murieron.
El 16 de marzo, poco después de las diez de la mañana, Konstantín Kartsev y su cuñada caminaban hacia el Teatro Dramático Regional de Mariúpol, el Dram, un edificio neoclásico de los años sesenta en cuyo frontispicio parlamentaban las estatuas de granjeros y trabajadores metalúrgicos. Alguien había logrado activar una torre de telecomunicaciones con un generador eléctrico y era de las pocas zonas de la ciudad donde se podía conseguir cobertura telefónica. Unos cien metros antes de llegar al teatro, vieron un avión pasar por encima y lanzar un misil. Se arrojaron al suelo en medio de la potente explosión.
La bomba guiada por láser entró de forma oblicua en la parte trasera del edificio, cayendo sobre el escenario, donde había una cocina de campaña. Cientos de personas dormían acostadas sobre las butacas rotas y los pedazos de atrezo esparcidos por todo aquel espacio inmenso, desde el sótano hasta la segunda planta pasando por el cuarto del proyeccionista.
Pensamos que había caído en algún edificio cerca del Dram, pero no en el propio Dram, porque el día anterior vimos que se había escrito la palabra “Niños” en letras grandes en el suelo de la plaza justo delante del teatro, dice Konstantín Kartsev, para que lo leyeran los aviones. Al llegar vimos que el Dram estaba destrozado. La fachada parecía intacta, pero toda la estructura interna se había hundido. En quince minutos o así los restos empezaron a arder y se formó una gran gorra de humo. Vimos a muchas personas emergiendo de entre los escombros. Quienes estaban cerca intentaban llamar a los médicos. Nosotros pudimos llamar a un amigo.
Serguéi Vagánov y su mujer llevaban puesta toda la ropa que tenían. El edificio de enfrente había sido atacado y todas las ventanas del piso de la pareja habían saltado por los aires con los marcos incluidos. Llegaron a estar a ocho grados bajo cero.
Habíamos logrado llenar de agua un tercio de la bañera y reunir algo de grano, macarrones y latas de comida, dice Vagánov. Yo, como médico, tenía medicamentos. Tengo un asma pronunciada. Lo peor fue eso: no saber qué tipo de suministro se acabaría antes, si el agua, la comida o los medicamentos. Los dos perdimos peso. Yo diez kilos y mi mujer ocho. Por eso podíamos ponernos tantas prendas encima.
Cuenta Vagánov que su mujer se pasó una mañana contando los impactos de las bombas que lanzaban los aviones Tupolev. Entre las siete de la mañana y la una de la tarde contó veintiún impactos.
La ciudad era terrible, dice el fotógrafo. Estaba muy, muy oscuro. Más oscuro que en las minas que había visitado en el Donbás. Pero buscábamos algo positivo para permanecer cuerdos. Una noche salimos al balcón. Mi mujer me dijo: mira las estrellas, cuántas hay, cómo brillan. Nunca habíamos podido verlas. Y el aire. Por fin podíamos oler el aire salobre del mar.
Estos fragmentos pertenecen al libro del mismo título que ha publicado la editorial Siglo XXI.