
La nueva producción y estreno escénico de Mitridate, re di Ponto de Mozart en el Teatro Real tiene como director de escena a Claus Guth, conocido por hacer girar y girar los escenarios. Esta vez tarda tanto en hacerlo que surgen las dudas y, quien ha hecho un mínimo de preparación y sabe quién dirige, se inquieta, es un decir, por si todo va a suceder en un solo escenario. Esa gran estancia real o presidencial, estilo siglo XX, de ladrillo visto y madera noble, con un gran sofá, en la que se presentan los personajes.
Falsa alarma. Tarda, pero después de un largo rato se gira un cuarto para mostrar el despacho real en escorzo. Y luego ya, va a ser un no parar. Estancia. Espacio que parece ser el inconsciente y está detrás de dicha estancia y unos aledaños oscuros entre medias que servirán para hacer una cárcel y alguna que otra transición entre lo consciente y el inconsciente.
De tal manera que la mayoría de las arias están tratadas y cantadas como si fueran monólogos interiores. Claro que dejar al cantante solo en escena, como que es demasiado desangelado. Se está en un gran teatro de ópera y hay que buscar la espectacularidad. Así que se le añade algo de coreografía. No muy buena, por cierto, y con un número de bailarines que queda escaso para el espacio.
Una producción pensada para que cualquier cantante pueda ocupar el escenario y hacer eso, cantar. Lo de interpretar, es decir, actuar de acuerdo con la música y la letra no le va a ser necesario. Ya le van a poner algo para que se entiendan más allá de lo que ellos hagan en escena. Pero por si acaso pongo un comentarista, un actor en este caso, que introduce comentarios sin hablar, actuando, cuando no hace alguna gracieta, como comerse un pastel cuando creen que no le ven, para aligerar la pesadez de aria, recitativo, recitativo, aria.
Solución eficaz para aquellos directores con experiencia en teatros de ópera que saben que suele haber dos y tres repartos por producción con los que es difícil prepararla analizando situaciones y personajes. Y que sabe que cuando la producción viaja, cambiará el reparto, alguno llegado del último bolo deprisa y corriendo y que de lo que tiene tiempo es salir a escena, pararse y cantar.
Esas formas de producción que haría que unas propuestas fueran igual que otras, si no fuese porque se les cambia la escenografía, el vestuario y la iluminación. Y, aún así, se parecen y no ofrecen nada profundamente nuevo. Ni una lectura musical ni escénica que permita ir más allá de la reproducción mecánica con mejor o peor fortuna de la música.
En este caso la reproducción musical está del lado de la mejor fortuna. Ivor Bolton, el director musical, está cómodo y tranquilo en la que es su despedida del Teatro Real como director musical. Un adiós que no se recordará. No dejará poso. Está más que bien en lo técnico. Se echa en falta el arrojo, la valentía y la tensión que permitiese lo extraordinario. Algo que ha sido capaz de hacer otras veces.
Los cantantes, al menos el primer reparto, lo hacen bien. Y para el público, muy bien. Que aplaude casi cada aria y dueto. Como si estuvieran en un concierto de pop en el Movistar Arena, anteriormente conocido como Winzik Center, o el Palau Sant Jordi. Donde lo de menos es la historia que se cuenta. Lo importante es que la canción funcione. En este sentido se podrían entender las coreografías, lo que pasa es que los conciertos de pop también está la orquesta en el escenario llenando el espacio.
Y es que la historia que se cuenta poco o nada importa en este montaje. La del Rey de Ponto, el Mitridate del título, enfrentado a Roma que se hace el muerto o desaparecido para salvar la vida. Por lo que sus hijos, al enterarse de su muerte, se quieren casar con su bella y joven madrastra, de la que ambos están enamorados. Pero claro, el rey vuelve y se revuelve. Contra uno porque le odia ¿motivo del odio? Vaya usted a saber. Contra el otro, al que quiere y que siempre le ha sido fiel, ¿por sentirse traicionado que qué es eso de enamorarse de su esposa? Y con la mujer ¿ya ni te digo? Pero, es un enfado de cartón piedra. De teleserie.
Así que, teniendo el reino y la vida en peligro, que Roma se quiere anexionar Ponto y pasar a su rey por la piedra, parece que nada o poco le importa. Él se dedica al asunto doméstico de los cuernos, las traiciones filiales, etcétera.
Ante esa falta de interés por lo que pasa y les pasa a los personajes, a la dirección musical y de escena solo se les ocurre que dar vueltas y vueltas. Es más importante el espectáculo musical, que el drama. Más importante el complacer al público que el hacer que se sienta afectado por los sentimientos, contradicciones, pensamientos y objetivos de esos personajes que se han decido contar en una ópera.
Se convierte así en un recital ilustrado o escenografiado. Que, si encima está hecho con los recursos humanos y materiales con los que está hecha Mitridate, re di Ponto, resulta más que agradable. Y hasta bonito. Y el público dirá que le gusta en su red social favorita. Que puede no ser virtual. Puede quedarse en su entorno real, pero el comportamiento es el mismo que el de esos jóvenes que según se dice se encuentran perdidos. Dar un like. Así que, sigamos jugando ¿o es girando?
Esta producción se puede ver y escuchar gratuitamente en OperaVision, la página de la Unión Europea dedicada a la difusión de la ópera entre jóvenes y profesores, hasta el 4 de noviembre de 2025. Pincha aquí