Iba en autobús desde Riga hasta Vilna, por los campos de Lituania, y me acordaba de mi querido Oscar de Lubicz-Milosz (que no tiene que ver con su pariente lejano Ceslaw Milosz).
Evocaba el poema ‘En un país de infancia’, del libro Las siete soledades, que leí tantas veces: “En un país de infancia recobrada entre lágrimas/ En una ciudad con latidos de corazones muertos/ Toda una danza acuñadora de latidos de vuelo/ De latidos de alas de los pájaros de la muerte/ Enfermo por el hechizo de un pasado fuera del tiempo/ Con un fuego suave de mineral rojizo, un triste encanto”.
El mundo ha perdido su encanto, dijo Max Weber. Pero Oscar Milosz todavía encontraba ese encanto.
El mundo viejo estaba lleno de tiranías y sujeciones, pero tenía dosis de encanto. El mundo moderno nos ha liberado en ciertas cosas, pero nos ha esclavizado en otras. Nos ha esclavizado a la razón instrumental, que consiste en aplicar masivamente fórmulas a todo. Nos ha arrancado de las raíces al plastificarlo y manosearlo todo y hacerlo todo artificial y sin tierra nutricia.
Nos hemos hecho esclavos de la razón instrumental, los propios racionalistas lo reconocen. Y le quitamos su encanto y su vida a todo. Perpetramos un suicidio colectivo. Milosz hablaba de ese pasado fuera del tiempo, de esa infancia que nos rescata, como también decía Rilke.
Y es que no se trata de ser antiguo o moderno, se trata de ser libre o esclavo, de estar vivo o estar muerto.
Iba por los campos de Lituania y veía bosques misteriosos y pequeños lagos. Adivinaba la infinidad de setas que se esconden por los bosques y que los lituanos usan y veneran. En un momento dado pasamos el río Neris y también pasamos otros ríos más pequeños. No había montañas, pero había infinidad de bosques secretos y de pequeños lagos.
Lituania era para Milosz el país de la infancia y de los cuentos. Escribió el libro Cuentos de mi madre la oca de Lituania, emulando el título de Perrault. Estaba en París, pero evocaba una Lituania de la infancia y los cuentos. Y ahora yo iba por ese país después de desearlo tanto y evocaba al poeta al que amé tanto como a Rilke.
Esa Lituania de Milosz todavía asomaba, todavía quedaban rastros de ella.
Era una pena. Al llegar a Vilna encontramos una ciudad bellísima pero machacada. Vilna es una ciudad famosa por el barroco, pero a menudo triángulos neoclásicos cercenan la inquietud vitalista del barroco. Empezando por la misma catedral.
Nosotros nos alojábamos al lado de la catedral y nos hacía daño esa fachada neoclásica, ese triángulo prepotente y estalinista. La torre de las campanas allí al lado conservaba su encanto. Y el palacio de los duques con sus patios con escaleras justo al lado. Y las ruinas del viejo castillo en lo alto de la colina Gediminas, justo detrás. Consuelo vio enseguida la Colina de las Tres Cruces, justo al lado de la colina Gediminas, que simbolizaba, sobre todo iluminada en la noche, la rebelión contra el estalinismo y el sovietismo.
Pero la modernidad geométrica tiene mucho de estalinismo. Podría titular este artículo ‘El cuento machacado por la geometría’.
La calle Pilies o calle del Castillo, que salía de la plaza de la catedral, estaba llena de librerías y de tabernas sugerentes. En la Librería Francesa se veía una placa que recordaba una estancia de Stendhal. Se asomaba el barroco, a veces machacado por la geometría neoclásica.
Pero el mayor atentado era el ayuntamiento neoclásico. Era una puñalada de desolación geométrica, de pobreza visual falta de encanto. Esa ciudad es patrimonio de la Humanidad por el arte barroco ¿por qué se empeñan en machacarlo?
Y del ayuntamiento salía hacia la derecha un bulevar elegante, con grandes árboles en medio, con edificios tan prestantes, con quioscos. Pero había una iluminación tan triste, tan mezquina. Recordaba las luces de los años sesenta en mi pueblo en Galicia.
Consuelo y yo nos dijimos: a esta ciudad le da dinero la Unesco, ¿dónde va a parar ese dinero? Imponen el neoclásico y se quedan con el dinero.
El norteamericano Jonathan Franzen, en su novela Las correcciones, pone a Lituania como un país corrupto y esperpéntico. Con su prepotencia de Estados Unidos, que también tiene sus cosas esperpénticas.
Durante un tiempo me cabreé mucho con Franzen, porque yo siempre amé mucho a Lituania. Pero ahora veo que algo hay. No puede ser que una ciudad tan bella tenga una imagen tan miserable a veces.
A Franzen lo declararon persona non grata en Lituania. Espero que no hagan lo mismo conmigo. Sería una pena, porque yo amo a Lituania de verdad y desde siempre. Pero un país no son sus gobernantes. Tampoco el nuestro lo es.
Lo que me encantaba era ver la iglesia de Santa Teresa, la primera (no sé si la única) que se hizo fuera de España. Se construyó ya en el siglo XVII, es genuinamente barroca. Y uno se entusiasma dentro de ella, tiene todo el vértigo barroco, toda la exaltación barroca. Todo el dinamismo que los neoclásicos estalinistas no cortaron.
Y es que Santa Teresa son ellos. Con su inquietud y su misticismo. Milosz es como santa Teresa en plan más callado. Por eso Jonas Mekas, el gran escritor y director de cine al que leí mucho, cuando llegó a España lo primero que hizo fue ir a Ávila a visitar a santa Teresa.
Es una ciudad bellísima, en manos de gentes cutres. Me empeñé en encontrar una estatua que le levantaron hace unos años a Leonard Cohen, cuyos antepasados salieron de Lituania. Y me encontré una estatua minúscula de un ser esmirriado, una parodia de estatua. No habría dinero o no habría ganas. Para hacer eso era mejor no hacer nada. Me sentí ofendido en nombre de Leonard Cohen.
Aunque eso me sirvió para ver las calles judías. A Vilna la llamaron la Jerusalén del Norte, porque allí destacó mucho la cultura judía. De allí era el gran sabio Gaon de Vilna y vimos su estatua en la placita donde vivió. Las calles eran recoletas e íntimas. En muchas de ellas el techo inclinado llegaba hasta el suelo. Nos encantó pasear por esas calles.
Lo mejor era el bario loco de Uzupis. Una constitución escrita en un muro te daba derecho a estar alegre, a estar triste, a tener gato y a no tenerlo, a querer una cosa y la contraria. Y una exposición underground con libros y trozos de películas celebraba las locuras de Jonas Mekas. Y una sirena traviesa y pensativa, casi escondida en el hueco de un muro, te llamaba sobre el río. Y lo esencial de una casa (un sofá, una colgadura, un quitamiedos) flotaba sobre el río. Y un ángel tocaba la trompeta de la libertad en una encrucijada. Ojalá todos escucharan.
Pero toda esa grandeza está rebajada, es como si se machacaran a sí mismos. De manera absurda, porque en cambio hay grandes hoteles galácticos con códigos para abrir las puertas. No hay dinero para alumbrar las calles, pero lo hay para hacer grandes hoteles impersonales. Son las paradojas de la modernidad.
Pero Oscar Milosz era el encanto, el secreto del mundo como Rilke, y yo todavía encontré algo de eso. Y Lituania también lo era. Un país no son sus gobernantes y el nuestro tampoco lo es, lo repito.
La casa de Ciurlionis en Vilna, un pintor maravilloso y original, lleno de simbolismos misteriosos, no se podía visitar porque había una conferencia. Pero justo al lado estaba el restaurante Balzac y nos consolamos. Escuchamos canciones francesas sensuales y bebimos vino francés. Y el local estaba decorado con encanto sin estridencias. Y Consuelo abultó un poco los labios para poner sensualidad francesa.
Porque aquel era el país que admiraron los franceses. Napoleón quiso llevarse la iglesia de Santa Ana a París. Es una iglesia asombrosa, con gótico de ladrillo, con tracerías dinámicas que te levantan el ánimo.
Es un gótico aún más ligero al hacerse en ladrillo y es la fuerza interior y la imaginación. Y el dinamismo contra toda la mezquindad esmirriada. Y la vitalidad contra la rigidez estalinista y moderna.
Entramos allí y ahora la iglesia la llevan los franciscanos. Y san Francisco con su entusiasmo y su gracia naturalista conecta con esa iglesia de gracia y de elevación.
Y también Balzac paró en Vilna cuando iba a buscar a su novia la condesa Hanska al norte de Ucrania. Y quedó prendado. Porque Balzac también tenía ese misticismo secreto y ese entusiasmo interior. Aparte de escribir novelas sobre burgueses y financieros, que enseñaron a Marx tanto sobre la sociedad francesa, escribió La obra maestra desconocida o Serafita con su misticismo secreto disparado en la noche de Noruega. Balzac también conectaba con Lituania y con Milosz.
Mi querido Oscar Milosz (que no debéis confundir con Ceslaw Milosz) llenó con su poesía gran parte de mi vida. Me compré su poesía casi completa traducida por Manuel Álvarez Ortega en la editorial Devenir. Y también el deseo de ver Lituania llenó toda mi vida.
Y todavía quedan en ella restos de lo que es el encanto, a pesar del estalinista y de la modernidad formulista y geométrica. Nos pondrán bancos en forma de rombos sin respaldo en nuestras ciudades modernas, pero en Lituania aún quedan muchos bosques secretos. Donde aún se esconden muchos dioses y personajes paganos, porque Lituania es rebeldemente cristiana contra el estalinismo, pero también es rebeldemente pagana contra un cristianismo estrecho (el calvinista donde todo es pecado). Comiendo setas y contando cuentos ¿cómo van a creer que todo es pecado?
Ojalá no me declaren, como a Jonathan Franzen, persona non grata en Lituania. Amo más a Lituania que los mismos lituanos. Y siempre amaré a Oscar Milosz tanto como a Rainer María Rilke.
Y lo escribo sin el puto word que me ofrece plantillas. ¿Quién le ha dicho que necesito plantillas para escribir o para vivir? ¿O para ver? Estamos en un mundo donde la gente vive entre plantillas. Donde no hay soledad ni personalidad. Como las que tenía Oscar Milosz. Como la que tiene, a pesar de los triángulos estalinistas, Lituania.
Vivía en Fontainebleau, al lado de París, y soñaba con Lituania. Presumía de sus orígenes aristocráticos. La aristocracia real e histórica fue a menudo prepotente y vulgar, lean a Proust o Emilia Pardo Bazán. Pero lo aristocrático contra lo vulgar nunca pierde su vigencia. Y Milosz era aristocrático y reivindicaba el encanto. Yo también añoro (soy un criminal por añorar) el encanto.
Oscar Milosz nació en Czereia, que ahora pertenece a Bielorrusia. Pero el solar centenario de los Lubic-Milosz, con su pequeña torre solitaria, está en Labunovo, a pocos kilómetros al norte de Kaunas. Cuando al final iba de Vilna a Kaunas para seguir a Varsovia me acordaba de eso.
El autobús atravesó por Kaunas, con algunos edificios solitarios de madera en esquinas pensativas, y recordé que Milosz formó parte del gobierno de Lituania en el corto escaso periodo después de la Primera Guerra Mundial en que fue independiente, antes de que se lo tragara la Unión Soviética. Es bueno incluir poetas en los gobiernos.
Y me encantaron esos bosques de abedules, que significan la levedad contra la pesadez moderna y lo plateado contra la vulgaridad. Me encantaba ir bordeando esos bosques de abedules que regalaban toda la magia y el encanto de lo que es a la vez fugaz y enraizado.
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