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Al fondo: José Andrés Rojo, Ernesto Caballero, Prudencio Ibáñez (con corbata), y Alfonso Armada. En primer término, Pietro Olivera, Rosa Savoini, Blanca Suñén, Juan Antonio Vizcaíno, y Jefe de máquinas de la imprenta. Alta madrugada de Febrero de 1987. Torrejón de Ardoz. Madrid. Foto: Juan Manuel Sánchez.
Las imprentas son los centros de maternidad donde alumbran las redacciones -con la ayuda de los impresores- sus revistas.
Los partos naturales de antaño podían acontecer de madrugada con bastante frecuencia. El trance de las parturientas en plena noche, pegando gritos y apretones mientras llegaba la comadrona, resonaba más allá de los muros del dormitorio. Las que no tenían barrotes en el cabecero de sus camas (para poder agarrarse a ellos con los brazos en alto), hacían colgar de la pared una especie de argolla de tela, formada por unas sábanas enrolladas como cuerdas; agarradas a ellas, tenían un punto de apoyo para incorporar otra vida al mundo.
Un nudo, un grito, un hijo.
Más que director, quien suscribe estas palabras siempre se sintió madre de Teatra. Una madre significa aquello sin lo que no hubiéramos podido ser.
Aunque el cuerpo de la sexta de Teatra ya había ido saliendo de las máquinas -en días anteriores- en deslumbrantes pliegos impresos de 16 páginas (ocho por cada cara); aquella fría madrugada de febrero, nos reunimos cerca de las doce de la noche, en la Imprenta de Musicgraf Arabí, de Prudencio Ibáñez en Torrejón de Ardoz, para asistir –con nocturnidad y alevosía- a la impresión de la portada de nuestra revista. Al día siguiente se inauguraba ARCO 87, donde la revista tenía un stand propio esperando a la recién nacida, para comenzar la andadura de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo con toda la familia Teatra al completo.
Prudencio nos permitió asistir al acto excepcionalmente, (los clientes en el tajo siempre retrasan el trabajo), para que pudiéramos conocer desde el primer momento la preciosa cara de nuestra niña: la Teatra sixtina nació con la piel roja y una estrella amarilla en la frente; como un antojo maoísta de raza Comanche.
Lucía tan delicada, con la tinta aún fresca y vibrante, sobre aquella cartulina cuché mate, que daba miedo tocarla, como sucede con los pétalos de las rosas o las alas de las mariposas. La palabra prístina se inventó para calificar la conmovedora devoción que inspira la pureza de los recién nacidos. Prístina nos resultó la belleza inmaculada de nuestra Teatra niña.
La emoción de aquella noche fue tan plena, que decidimos tomar una fotografía, para que quedara constancia gráfica de aquel excepcional nacimiento con paternidad colectiva.