Los visitantes de Don Pedro 7 formulaban siempre conjeturas ingeniosas -a la par que delirantes- sobre las posibilidades mingitorias de un varón en aquel eclipsado cuarto de baño. El problema radicaba en que el techo descendía en un ángulo de unos 40 grados, con lo que poder orinar -allí- de pie, resultaba prácticamente imposible.
Los convencionales afirmaban que podían hacerlo sentados; los acróbatas concebían un hombre en equis, con una pierna estirada por la izquierda, otra flexionada en el aire, una mano apoyada en la bañera, y la otra dirigiendo el aparato; o bien, al contrario: una apoyada en el techo, y la otra gobernando la regada.
Otros proponían hacerlo con la cabeza apoyada en el techo, y todo el cuerpo tensado hacia alante como un arco. Los más tímidos sugerían una piadosa meada de rodillas, lo cual simplificaba bastante las cosas. Los más chulos y vagos elegían sentarse en el filo de la bañera, y desde allí intentar hacer canasta con el chorro de orín en la taza.
De todas ellas, la favorita del dueño de la casa (que por supuesto las había probado todas,) era la de desaguar erguido, con la cabeza dentro del tragaluz más cercano. El espacio resultaba tan constreñido, que le parecía tener puesta una escafandra. Pero en las noches de verano, -¡ay, las noches de verano!- cuando el tragaluz estaba abierto, sacaba su cabeza por encima de las tejas, y mientras se deshacía en oro entre las piernas, sus ojos contemplaban todas las estrellas. Parecía que se encontraba al raso, en medio del campo, bajo La Vía Láctea, orinando en la cima de aquel riñón abierto en el Madrid de los Austrias.
P.S. Las tijeras en el suelo del fotomontaje son un homenaje a las alegorías barrocas granadinas, conocidas como cortaperos, y que suelen materializarse en las Cruces de Mayo, a través de una manzana (o pero) con una tijera clavada en su carne. La lectura de tal ideograma escultórico sería:
“Para cortar cualquier pero que pueda ponérsele al resultado”.
Fotomontaje: Vizcaíno